sábado, 1 de agosto de 2009

"Byo-Lentos"

"El Denge, la Gripe A y otros visitantes"

Súbitamente, seres de otras latitudes se han dado cita en Argentina.
Atraídos por la horda turística que llenó al país de simpáticos viajantes, también han llegado minúsculos seres que, desenfadadamente, se han propuesto darse una vuelta por aquí.
No se trata de conocer una de las grandes ciudades más bellas del mundo -Buenos Aires- ni recorrer los atractivos paisajes de todas las regiones o concurrir a un partido de River y Boca. No, no, no.
Como compelidos por su complejo de inferioridad, estos minúsculos seres han planeado realizar otro tipo de turismo: el llamado turismo interior.
Ellos han elegido conocer a los argentinos desde dentro de los argentinos, tal cual.
¿Cómo? Pues bien, haciendo uso de una facilidad privilegiada: aprovechar su diminuto tamaño para ingresar al cuerpo de los que habitamos este suelo.
Y, a poco de proponérselo, se han encontrado con otra facilidad inesperada: la generosa hospitalidad de los argentinos.
Acurrucados en el sur del mundo, los argentinos esperan ávidos que alguien se acuerde de ellos y, con tal motivo, toda vez que detectan un ser extraño, se predisponen a darle la bienvenida, con una gran sonrisa y abriendo todo su ser a los viajeros.
Como el periódico que dice ser el gran diario argentino, que en su primera página suele explayarse sobre la realidad del país vista por ojos extranjeros bajo el título "Así nos ven". Como necesitando darse la propia existencia a través de la mirada de otros, confiriéndole a ésta la capacidad de objetividad y sapiencia que, según este diario, no poseen los propios argentinos.
En esta oportunidad, la apertura ha sido literal. Tanto, que al parecer permanecerán por más tiempo del que pensaban. Y no sólo eso.
Han llegado en cantidad tan abundante que han colmado la capacidad hotelera y se han concentrado en las casas, en los hospitales, en las escuelas. Por doquier.
Y más.
Contagiados por el altruismo argentino, los turistas han preferido abandonar el país para ceder sus locaciones a estos nuevos visitantes. Desde el exterior, desde todos los países, los pueblos ofrendan sus pasajes y sus reservas e instan a que todos hagan lo mismo.
Entretanto, los argentinos se quedan en su casa, para que los simpáticos viajeros se sientan más a gusto y se apropien de los lugares que van quedando vacíos.
Entonces, los sitios públicos, los centros de compra, los teatros, las canchas de fútbol, todo, todo se ha cerrado o está en vías de hacerlo para unirse a la iniciativa.
La gente por las calles es cada vez más escasa y los medios de transporte están pensando en vender boletos más baratos sólo concebidos para los diminutos seres.
Esta conducta masiva no es nueva entre los argentinos. Es la cultura de la pasión.
De tal forma, se atravesó de la indiferencia total por la presencia de los nuevos seres, argumentando que "hay lugar para todos", al cierre total de todo el país y que cada uno se vaya a su casa. Es un país muy especial Argentina.
Sin embargo, hay quienes prefieren esta invasión a la molesta presencia de piqueteros y corta-calles que tanto dañan la convivencia. Hay quienes se inclinan por el cierre del país, antes que seguir lamentando víctimas de tránsito, por cierto mucho más numerosas que las victimas por enfermedades. Y así también, hay quienes prefieren el silencio y el orden, al debate público de las ideas. Y quienes piensan en alianzas con los compatriotas recién llegados, en afrenta a quienes ostentan el poder y están poco dispuestos a entregarlo tan fácilmente.
Maliciosamente, en la radio dijeron que la peor de las guerras podría ser la bacteriológica. Echar a andar un nuevo ser, y que pulule por doquier. Dicen que sería peor que una bomba atómica o un ejército de cientos de miles.
Aquí se ha respondido a la argentina, con generosidad: se les ha cedido todos los espacios y se los ha puesto a cargo de los destinos del país.
Mientras tanto, desde Estados Unidos, los dueños de los laboratorios farmacéuticos analizan el caso con profunda atención.
El ejemplo de un país generoso, en los confines del planeta.

"Engru-PYME"

"Libre albedrío"

¿Por qué es hermoso el aroma del campo al amanecer,
luego de una noche lluviosa?
¿Por qué es cautivante el vuelo de los colibrís?
¿Por qué es tan placentera la textura de la nieve
cuando la aprisionamos dentro de las manos?
¿Por qué es tan apaciguador el sonido
del discurrir del agua en un arroyo?
¿Por qué es tan identificador de uno mismo
el sonido de nuestro andar sobre un terreno pedregoso?
¿Por qué nos resulta tan naturalmente bella una flor?
¿Por qué esperamos que el mar nunca abandone su movimiento?
¿Por qué es tan perfecto el diseño de formas y colores
en el cuero de los reptiles?
¿Por qué contemplamos sumisamente la caída de la lluvia?
¿Por qué corresponde que después de la noche
aparezca nuevamente el sol?
¿Por qué nos resulta magnificente un cerro nevado?
¿Por qué el cielo debe ser azul y cuanto más azul, más bello?
¿Por qué la condición de quietud es el silencio?
¿Por qué un hornero haciendo su nido es naturaleza?
¿Por qué es esperable que cada ser que nació,
algún día... se muera?
¿Por qué buscar a Di-s es una tarea permanente?
¿Por qué lo es, también, intentar escaparse de Él?
¿Por qué, para cada cosa, hay alternativas?

¿Por qué puedo preguntarme por qué...?

"Papanazzi"

"Laberinto"

No entendió cómo. Lo que realmente pasó fue que se encontró en un laberinto y no supo por qué camino tomar para encontrar la salida.
Primero dobló a la derecha, anduvo un trecho de algunas cuadras y giró a la izquierda. Nada hacía entrever que era la dirección correcta.
Todo se obstaculizaba, precisamente porque no sabía dónde realmente debía ir.
Se encontró ante un callejón sin salida, de modo que retrocedió y se reencausó por la calle anterior.
No había carteles, no había nadie a quién consultar. ¿Consultar qué? -se preguntó azorado-.
A poco de andar volvió al punto original, como quien persiste en volver a lo conocido a pesar de hallarse perdido en medio de aquello.
Retomó la marcha innumerable cantidad de veces y siempre volvió al camino inicial. Más que hallar la salida, aprendió a volver.
Hasta que se cansó. Un juego perverso no continúa si su protagonista renuncia al sometimiento.
Decididamente tomó la arteria principal y giró con decisión hacia la izquierda. Luego a la derecha y enseguida a la izquierda. Nada le indicaba que estaba en el camino correcto, pero pensó para sí que realmente lo era.
Avanzó, ensimismado en su recorrido, acrecentando su convicción de, que esta vez sí, aparecería la salida.
Por fin, visualizó una luz intensa al final de la calle en la que circulaba. Su corazón pegó un salto y lo impulsó a acelerar a fondo, alocadamente. Esta vez no fallaría.
Los metros pasaban como milímetros y parecía que el vehículo se fundiría con la luz, que se acercaba implacablemente.
Faltaron pocos metros para llegar a la salida y la luz lo abarcó todo.
Nunca distinguió el momento exacto de la salida, el instante en que ya no estuvo dentro, que se fundió definitivamente con el afuera.
Pero ese nuevo estado no le sugería nada diferente a lo experimentado antes de ingresar en él.
Quizás porque luego de la muerte todo permaneció igual a lo que fuera durante su vida.
O quizás porque no había muerto ni salido.
Y porque debería seguir buscando la salida.

"HKT Más"