lunes, 4 de octubre de 2010

"La voz en el ascensor"

Después de un largo tiempo, al fin él pudo encontrar un nuevo empleo. Había atravesado varios años en una pequeña oficina como administrativo. Los suficientes para desear traspasar las fronteras de esas monótonas cuatro paredes y lanzarse hacia algo diferente, superador.
No fue su tarea en sí lo que lo hartó; más bien, el tedio de comprobar cada mañana que su destino estaba enmarcado en ese mismo entorno archiconocido. Podía apostar -sin temor a equivocarse- que conocía al dedillo cada palmo de esas paredes. Hasta llevaba acumulada sistemáticamente en su memoria cada una de las marcas que ostentaban.
"Este dedo allí -se decía- es de aquella vez en que se me cayó la carpeta de Impuestos Pagados. Y éste raspón se produjo cuando intenté agarrar en el aire el cortapapeles".
Y así con cada pulgada de ese habitáculo que lo envolvía diariamente. Ya no podía soportarlo más y decidió intentar un cambio.
El primer día todo fue asombro. Para comenzar, le sorprendió que una voz femenina en el ascensor indicaba cada piso al cual arribaba y el sentido que luego tomaría. "Planta baja; ascensor subiendo". "Piso once; ascensor bajando".
Claro, para llegar a su empleo anterior sólo bastaba con subir dos pisos por la escalera; se trataba de un edificio antiguo de tres pisos, sin ascensor. Pero éste era un edificio de apenas dos o tres años de antigüedad, equipado con tecnologías más sofisticadas.
De todas formas, esa voz en el ascensor no dejó de inquietarlo desde aquel momento.
Al escucharla por primera vez, se preguntó: "¿por qué debería una voz femenina anunciar cada piso y el sentido de la marcha, acaso no aparecía en el indicador numérico de la cabina? Luego comprendió que no todos estaban bendecidos por el sentido de la visión...
Lo cierto es que cada vez que viajaba en el ascensor, esperaba la indicación de la mujer, la cual, con una mortífera monotonía, anunciaba el mismo piso y la misma dirección de marcha.
Y así pasaron varios meses, al cabo de los cuales, lejos de ignorarla o al menos disminuir su atención, aguardaba con mayor ansia la indicación de la mujer, como quien espera escuchar su apellido de boca de la secretaria de un consultorio médico.
"Planta baja; ascensor subiendo". Siempre la misma entonación, el mismo volumen, en el mismo preciso instante del cierre automático de las puertas.
Sin quererlo, esa monotonía comenzó a condicionar su desempeño en el trabajo. Lentamente, pero de manera inequívoca, sintió que toda vez que abordaba el ascensor esa voz le estaba indicando a él que ese trabajo estaba volviéndosele denso y penoso. La mujer parecía decirle que todo se tornaba inexorable y que cada día comenzaba y finalizaba con una inmutable apatía.
Su dedicación laboral inició un franco retroceso, perjudicando el rendimiento que le era requerido. Hasta que le fue llamada la atención ante la reiteración de los mismos errores. La advertencia no era cuestión menor: se le había informado que, de no mediar una evidente superación, probablemente sería despedido.
Lejos de impulsarlo a mejorar, cada día que transcurría evidenciaba una acumulación de inconvenientes, cada vez más complicados de resolver.
Cierto día, al abordar el ascensor, la mujer cambió inesperadamente su discurso y su tono de voz. Con una expresión de fastidio, dijo: "Planta baja, ascensor subiendo... ¡¿qué otra cosa podría hacer sino subir, si estamos en Planta baja?!"
Al principio él no pudo reaccionar ante el inesperado cambio y sólo pensó que eso mismo era lo que venía pensando hacía ya mucho tiempo. Pero al culminar aquella jornada y al abordar el ascensor para marcharse, la mujer dijo enfurecida: "Piso once, ascensor bajando. ¡Cómo me gustaría conseguirme otro trabajo; ya estoy cansada de decir siempre lo mismo!".
Ante la realidad de aquella exclamación, él le preguntó instintivamente: "¿Y qué hace que permanezcas encerrada aquí día y noche?".
Ella: "Octavo piso; ascensor bajando. "¡¿Qué otra cosa podría hacer, si desde que construyeron el ascensor me han encerrado aquí para siempre?!"
El: Pero debe haber alguna forma para que puedas salir y alcanzar tu libertad...
Ella: "Sexto piso; ascensor bajando. Me temo que ya es tarde. Acepté las condiciones por una buena paga y aquí estaré hasta el final de mis días..."
El: Déjame decirte que desde hace ya bastante tiempo estuve deseando invitarte a salir de aquí y llevarte conmigo. Tu voz ha conseguido perturbarme en mis tareas.
Ella: "Tercer piso; ascensor bajando. No tiene caso; mi vida depende de este ascensor y sin él no podría sobrevivir en ningún otro lugar.
El: ¡Qué lástima! Hubiera deseado poder ayudarte...
Ella: "Primer piso; ascensor bajando. No será posible. Ahora, no prolonguemos más este diálogo inútil; estamos por llegar a la Planta baja y si me escucharan hablando contigo podrían cambiarme por otra voz y acabaría en el cesto de los residuos. Ya ha ocurrido muchas veces con otras como yo...
El: Lo siento...
Ella: "Planta baja; ascensor subiendo. Así es mi destino".

Cuando hubo dejado el ascensor aquél día, él sintió que ya no podría volver a la mañana siguiente. No le sería posible escuchar la voz de aquella mujer indicando el piso y el sentido de la marcha, ahora que conocía su padecer. ¡Si tan sólo ella hubiera aceptado su invitación para salir de allí junto a él!
Al día siguiente, se dirigió a la Oficina de Correos y envió un telegrama de renuncia a su empleo. Y nunca más regresó.
A partir de ese día, ella esperó infructuosamente su arribo cada día.
Al menos se cobijó en el consuelo de guardar en su corazón la emoción de aquel diálogo en el que por un rato al menos -el tiempo en el que lleva descender desde el Piso once hasta la Planta baja- ella pudo expresar sus sentimientos sabiéndose verdaderamente escuchada.

martes, 7 de septiembre de 2010

martes, 17 de agosto de 2010

¿Facebook o Ferrum?


Según se informa en su sitio oficial, FERRUM -empresa dedicada a la fabricación de sanitarios- nació en 1911 en Argentina.
Como sabemos, FACEBOOK tiene pocos años de vida.
¿Habrá FACEBOOK robado deliberadamente el logo a FERRUM o será una referencia a que en el futuro la empresa de las redes sociales terminará dentro de un inodoro?


lunes, 5 de julio de 2010

"Responsabilidad limitada"

Entró a su trabajo como todos los días, puntualmente a las 8 de la mañana.
Durante las primeras horas del día todo suele transcurrir con relativa calma, así que aprovechó para hacerse un café batido matizándolo con algunos bizcochitos de grasa traídos desde su casa, envueltos en una servilleta de papel.
De ahí en más se dedicó a esperar los llamados. Su equipo no necesitaba de revisión ya que es su costumbre dejar todo perfectamente alineado el día anterior, antes de retirarse. El traje plateado, la escafandra, los guantes y botas. La máquina. Todo estaba disponible para el primer viaje.
Generalmente, los llamados comienzan a partir de las diez de la mañana, aunque siempre hay un madrugador que se anticipa al grueso de los pedidos. Alguien a quien una noche en vela lo apremia a dar término a su urgencia…

Primer llamado:
-      - Hola, ¿hablo con la Oficina de Modificaciones?
-      - Sí señor, ¿en qué podemos servirle?
-      - Mire, necesito que se traslade hasta el 24 de octubre de 1961. ¿Es eso posible?
-      - Efectivamente. Nuestro rango de modificación abarca un siglo exacto.
-      - ¡Perfecto! Entonces, necesito que se dirija a la Ciudad de Buenos Aires. Se trata de atrasar 15 minutos el reloj. Ese fue el tiempo que mi madre se retrasó y provocó que perdiera el avión que la trasladaría a Córdoba. Necesito cambiar mi lugar de nacimiento…
-      - Ajá. Aspectación de astros…
-      - Exacto. Necesito ver si podemos cambiar la influencia de Júpiter sobre la Quinta Casa.
-      - Estimado Señor, usted sabrá que nosotros no garantizamos los efectos de las modificaciones; tan sólo nos dedicamos a efectuarlas.
-      - Sí, lo sé; es que necesito imperiosamente que la carga se corra un poco porque está amenazando mi vida… Me temo que alguien planea asesinarme.
-      - Lo comprendo.
-      - ¿Cuánto tiempo demorará?
-      - En cuanto juntemos cinco pedidos de modificaciones emprenderemos la misión. Pero no se preocupe: su pedido será el primero de la lista.
-      - ¡Qué bien! ¡Le deseo suerte en la misión; de ello dependerá mi vida!
-      - Bien Señor. Esperamos serle de utilidad.

Segundo llamado (media hora después):
-      - Buen día. Necesito que viaje hasta el 14 de julio de 1985, a la ciudad de Córdoba.
-      - Bien, ¿cuál es la misión?
-      - Desearía que adelante 15 minutos el reloj del maquinista del tren proveniente de Buenos Aires, a fin de lograr que arribe 15 minutos antes a la estación.
-      - Muy bien; ¿motivo?
-      - Desengaño amoroso. Necesito sacarlo de mi vida, que nunca haya existido para mí...
-      - Entiendo, esperamos poder ayudarla. Pero sepa que nosotros sólo modificamos el tiempo; no podemos garantizar las consecuencias…
-      - Comprendo. Muchas gracias igualmente.

Tercer llamado (15 minutos después):
-      - Buen día. ¡Por favor, necesito que vayan cuanto antes a la Ciudad de Córdoba, el 14 de julio de 1985! ¿Podrían ir de inmediato?
-      - Sí, casualmente tenemos un viaje para la misma fecha…
-      - ¡Qué bueno! Necesito que atrase 15 minutos la hora en el reloj de la Estación Central de Trenes.
-      - Qué extraño… ¿Desencuentro amoroso?
-      - Sí... ese retraso provocó haber perdido la oportunidad de casarme entonces con el amor de mi vida. Tan sólo lo he encontrado recién hace seis meses... Pero ¿por qué le resulta extraño?
-      - No, es sólo que… Bueno, en definitiva nosotros procedemos a modificar el tiempo. Las consecuencias no…
-      - Sí, lo sé.
-      - Bien señora. Quédese tranquila, cumpliremos con su encargo.
   - ¡Muchas gracias! ¡El destino de toda mi vida dependerá de su misión!


Cuarto llamado (una hora después):
-      - ¿Oficina de Modificaciones?
-      - Sí, ¿en qué podemos ayudarlo?
-      - Mire, necesito que retrase 10 minutos el horario del cierre de ayer del local de venta de armas de la Avenida Corrientes…
-      - ¿Infidelidad?
-      - Sí, mi señora hace seis meses que me engaña con su novio de la juventud. Voy a liquidarlo.
-      - Muy bien, Señor. ¿Prefiere algún método para provocar el retraso?
-      - No, haga lo que crea conveniente. Necesito llegar para comprar una pistola calibre 38 y matarlo ahora mismo…
-      - Le recuerdo que nosotros sólo…
-      - … Modifican el tiempo. Ya lo sé. Hágalo ya.
-      - Bien, Señor.

Quinto llamado (dos horas después):
-      - ¡Hola! ¡Por favor, necesito que urgentemente retrasen el tiempo 10 minutos en un domicilio de la Ciudad de Buenos Aires!
-      - ¿Motivo?
-      - Suicidio por inhalación de gas. Acá dejó una nota; aparentemente se trataba de un paranoico que sospechaba que alguien quería asesinarlo. Soy el Jefe del Servicio de Paramédicos. ¡Nos demoramos 10 minutos porque nos quedamos dormidos y no pudimos salvarlo!
-      - Muy bien, tiene suerte. El suyo es el quinto llamado que recibimos y eso habilita el comienzo de la misión.
-      - ¡Qué bueno! ¡Hágalo cuanto antes, porque si no seremos tres familias sin trabajo!
-      - Ok, haré una excepción. Invertiré el orden de los pedidos y comenzaré primero con su caso.
-      - ¡Cuánto se lo agradezco!
-      - Por nada, Señor. Estamos para servirlo.

Al cortar la comunicación, él vistió su traje y accionó la máquina, ubicando el orden de las misiones tal como se lo había prometido al paramédico. Primero la quinta, luego la cuarta y así hasta por fin, cumplir con la primera misión.
Después de todo, él sólo se dedicaba a modificar el tiempo. Las consecuencias estaban fuera de su incumbencia.

jueves, 1 de julio de 2010

"La maldición de la Fiammetta"

Giovanni Bocaccio nació probablemente en París pero se crió en Florencia, Italia. Hijo ilegítimo de un comerciante florentino, dedicó parte de su vida a los estudios canónicos y científicos. Le tocó transitar un período especial de la historia -siglo XIV- en el que las artes quebraron su yugo con la temática religiosa y comenzaron a comprender al hombre y su entorno.
Pese a haber estado rodeado de un ambiente de voluptuosidad y privilegios, Bocaccio fue inspirado por un hecho que marcó esos años: la aparición de la peste bubónica. Derivando de esta invasión, su ingenio pergeñó "El Decamerón", obra basada en relatos de jóvenes que escapaban de la fiebre, en un abordaje inédito hasta ese momento, más humanista y menos canónico, que le mereció el título de pionero de los cuentos renacentistas, además de cargos diplomáticos y prestigio.
Probablemente, su musa inspiradora haya sido la hija ilegítima del Rey de Nápoles, Maria dei Conti d‘Aquino, la conocida Fiammetta que aparece en sus relatos.
Paradójicamente o no, Bocaccio transitó sus años finales abocado a la meditación religiosa.
Lo que la historia conocida, y por lo tanto oficial, no parece prestar atención es a la relación entre la aparición de la Fiammetta en la vida de Giovanni y su dedicación posterior a los estudios religiosos. Después de todo, habiendo escrito relatos humanísticos basados en vivencias amorosas, resulta capcioso figurarse un final tan lúgubre para el escritor. Y sin embargo, sucedió.
Existen escritos de la Corte hallados recientemente que quizás permitan echar una tenue de luz acerca del destino final del escritor.
Estos documentos parecieran provenir de mediados del 1300, época en la que concluyó su obra "El Decamerón".
En uno de los pasajes, el relato se detiene en el impacto que le causó a Fiammetta la presencia de Bocaccio, a tal punto de haber echado a flotar en su imaginación una vaporosa áurea alrededor de la cabeza del escritor, que le confería la presencia propia de un santo. Sabido es que ambos fueron hijos naturales, por lo que no sería de extrañar que Fiammetta hallara en Bocaccio un fiel redentor para sus borrosos orígenes.

Es así que el relato se derrama en torrente de alusiones místicas, dando vida a angélicos seres que se reúnen en círculo alrededor de Bocaccio, en franca avidez por absorber sus conocimientos sobre las almas y corporizaciones. En una de las alocuciones, Bocaccio alude a la Fiammetta y enarbola un detallado informe sobre sus vidas pasadas y el por qué de su reencarnación en la presente vida.
Según el escritor, Fiammetta proviene de una estirpe elevada de almas y, en su peregrinar cósmico, quedó atrapada en un anillo sólo reservado para almas reincidentes en un pecado: la falta de maestría para la elaboración de pasteles verdes.
Según una tradición milenaria, en la que los florentinos eran considerados expertos -explicaba Bocaccio- los pasteles verdes debían llevar una específica cuota de agua, para que el efecto de su ingestión provocara los resultados buscados, es decir, la trascendencia del alma y su liberación del yugo terrenal, ad infinitum.
Pese a ser heredera de esa tradición, Fiammetta no supo llegar a la cantidad de agua requerida, logrando una y otra vez resultados no deseados.
Las habladurías palaciegas no tardaron en llegar:
- ¿Habéis observado que Fiammetta no logra encontrar la fórmula adecuada para los pasteles verdes? -comentabanlos cortesanos-.
- ¡No resulta llamativo; la torpe niña proviene de un pasado tumultuoso
y no sería de extrañar que su sangre se encontrara corrupta!
- ¡Que el cielo nos salve! -exclamaba el populacho, que veía en la
desdichada niña las causas de la aparición de la peste bubónica en la
comarca-.
- ¡La hipocresía se apoderará de esta generación y de todas las siguientes, si no logra llegar a la fórmula! -argüían los curanderos-.
Lo cierto es que los años pasaron y el acierto no llegaba a las manos
de Fiammetta. Cierto día, sumergida en una profunda depresión, se desvaneció a los pies del río Arno y tuvo una ensoñación. El río cobraba el habla y desde las profundidades una voz lejana le susurraba: "Querida Fiammetta: bien sabéis que la fórmula se encuentra en tu memoria ancestral; si persistís en esta amnesia os arrastraréis hasta el final de los tiempos. ¡Y bien sabéis que el castigo ha de ser indescriptible!".
En vano fue el esfuerzo de la desdichada. Sus años pasaron y un suspiro elevó su alma hacia los mundos superiores, yaciendo su cuerpo en lugar apartado, lejos de la presencia de toda la ciudad.
Ya en los cielos, atrapada eternamente en el anillo del oprobio, Fiammetta se le apareció en sueños a Bocaccio. Y le dijo:
"Bien conocéis mi desdicha. Pero más aún, sabéis del destino que recaerá sobre las pobres víctimas, por mi falta. Si alguna vez he sido objeto de vuestra inspiración, os suplico, ¡Oh, Señor mío!, que os avengáis a vuestro pueblo, y roguéis por él, a fin de salvarlo del destino trazado. Debéis dedicar el resto de vuestra vida a la meditación. ¡Salva a vuestro pueblo de la hipocresía! Esta es la misión que os encargo, por el bien de los inocentes."
El resto es historia conocida. Bocaccio se sumergió en la introspección y encontró la muerte en 1375, sin haber logrado su cometido.
Muchos siglos después, la maldición se hizo presente en un recóndito país de Sudamérica: Argentina. Allí el pueblo vio renacer, de entre las cenizas de la civilización, casi por obra del milagro, la presencia del castigo de Fiammetta. Y la tecnología habilitó el golpe de gracia. A través de internet, la "Hipocresía" fue entonada una y otra vez para eternizar la maldición de los pasteles verdes.
El documento nada ilustra sobre el antídoto, y la tradición se ha extinguido entre los pliegues de la historia.
Si te animas, puedes avizorar el castigo que los argentinos han de cargar eternamente sobre sus ya vencidas espaldas, accediendo al siguiente vínculo. El vínculo hacia los pasteles verdes.

sábado, 1 de mayo de 2010

"Otoño en Buenos Aires"

"El retorno"


Los soldados regresan. Es la hora de la retirada.
Aún se escuchan como ecos remotos las arengas de los superiores, aquellas palabras remarcadas en cada sílaba, brotando con voces roncas, desafiantes.
El terreno se ofrece como un manto desolador. Los pies caen pesados, hundiendo la maltrecha hierba que todavía yace al sol. El olor es una presencia atronadora, dando testimonio de los crudos enfrentamientos que a nada condujeron.
Cada desgarro de los abatidos uniformes marca el rumbo del retorno sin gloria, el sendero de manos que sólo portan dolorosas fisuras. Las heridas. Las heridas ya no son símbolo del dolor, porque éste viaja en la profundidad de los pechos de los vencidos.
¿De qué ha servido aquél canto entonador, aquellas miras bien dirigidas, aquellos disparos certeros? Cada uno de los caídos por el propio espíritu de crimen se suma a las magulladuras de las conciencias que todo lo saben ridículamente acabado.
Volver. ¿Para qué? ¿Acaso bastarán los actos conmemorativos, el aliento de la multitud en deuda, las medallas de reluciente metal?
Es el retorno. La lacerante pesadez de la incógnita: ¿podrá hallarse nuevamente el amor? ¿Será el ser –este nuevo ser deshilachado- merecedor de amor?
Las hendiduras cocidas con sangre ya seca, el púrpura que dibuja el horror en los cuerpos, las miradas silenciosas, los restos esparcidos como semillas sobre el campo de las pasiones, todo, todo colma al corazón de oprobio.
Los soldados retornan. Ya se escucha al gentío agolpado en la necedad. Ya, las promesas de una nueva ocasión, de la reconstrucción de la victoria ante nuevos horizontes.
Los corazones, estos corazones, ya no sabrán de renovadas esperanzas.