lunes, 1 de febrero de 2010

"Desde la bici I"


"Crisis en la estación"

El era un hombre recto. Desde temprana edad aprendió de su padre que las paralelas no se juntan, excepto en el infinito. Y él era un hombre que se sabía finito, de este mundo.
Quizás, producto de su rectitud o tal vez porque lo heredara de su padre, decidió que su vocación era la de conducir una máquina de tren. En ningún otro lugar él percibía la rectitud como conduciendo una formación que se desliza sobre rieles paralelos. Su mirada pétrea dirigida obsesivamente hacia las vías le confería una seguridad interior que lo colmaban y lo constituían en lo que realmente era: un ser por y para el camino recto.
Pero no era lo único. Cada día tomaba su formación a la misma hora y salía puntualmente del andén asignado. Tan puntual era, que su compañero de tareas, el guarda que abría y cerraba las puertas y controlaba el pasaje, debió adecuarse a ese ritmo tenaz, a riesgo de quedar en evidencia ante alguna falla producto del desacople entre ambos. Su diferencia, claro está, colocaba la convivencia en un límite riesgoso, dado el alto número de pasajeros que día a día transportaban.
El motorista, sumido en su mirada hipnótica, no se apartaba de dos parámetros: la linealidad incorruptible de las vías y el inapelable ritmo del reloj. Su compañero, en contacto con un universo de personas, atendía a la seguridad de sus pasajeros, aun cuando ello implicara demorar algunos segundos la partida de una estación.
Un cierto día el equilibrio se rompió. La cancelación del tren anterior producto de una falla mecánica, produjo la excesiva acumulación de personas en cada estación. Esto provocó la inevitable demora adicional en la carga y descarga.
El motorista sabía de la situación y al comienzo intentó tomarlo con calma. Su compañero hacía lo que estaba a su alcance para que la demora se redujera al mínimo. Los segundos de más que insumía la operación en la estación previa, provocaba una acumulación adicional de personas en la siguiente, y así fue creciendo la demora y al cabo de algunas paradas ya alcanzaba los cinco minutos. Con cada minuto adicional el motorista iba perdiendo el control sobre sí, y comenzó a invadirlo progresivamente un temblor involuntario de sus manos, abundante transpiración en su rostro y una tremenda sequedad en su boca. Y, de acuerdo al efecto acumulativo de las estaciones, cada nueva demora acrecentó éstos síntomas hasta tomar control de su conciencia.
Al arribar a la siguiente estación su estado era de una total enajenación. En lugar de detener la formación, un impulso involuntario lo dominó y aceleró fuertemente. Y así ocurrió en las siguientes estaciones.
El tren había tomado una velocidad inconcebible atendiendo al gran número de pasajeros que viajaban en él y a la condición de tren urbano. En adición, ante cada escala sin servir se agregaba un número mayor de personas atrapadas sin poder descender, lo que provocó la crispación generalizada. Su compañero lo llamaba insistentemente por el intercomunicador, pero él no podía responder, así como no le era posible dejar de acelerar.
Y así continuó su derrotero casi a la deriva... Si sus sentidos estaban fuera de su dominio, seguramente respondían sumisamente a su visión de la vida. Y nada podía alterarlo, ni siquiera el descontrol humano que se había generado en cada uno de los vagones de la formación.
Y faltaban dos escalas para arribar a la estación central.
Quien estaba al tanto de todo aquello era su compañero, que a esa altura había sufrido los embates de un pasaje que ya no admitía explicaciones. A tal punto que su seguridad física se veía seriamente amenazada.
Para el motorista nada de eso contaba.
De pronto se le apareció la imagen de su padre -que con vehemencia como lo supo hacer en vida- comenzó a aleccionarlo sobre la importancia de recorrer un sendero de rectitud, dejando de lado toda consideración, a riesgo de ser un ardid de su otro yo interior para desviarlo de su responsabilidad. Con ese nuevo impulso, su mano adquirió una renovada tenacidad sobre la palanca del acelerador.
Mientras tanto, la estación central era la próxima y última parada...
Faltando sólo 300 metros para el arribo, todas las señales se activaron y las autoridades de la estación ordenaron la evacuación de los andenes. El motorista, ciego e inapelable, mantenía su firme posición y nada parecía conmoverlo. Ni siquiera los gritos de desesperación que se oían desde el primer vagón, a sus espaldas.
Sin saber por qué, justo en el momento en que la máquina ingresaba al andén, su sistema nervioso eclosionó y se le enturbió la vista. Fue el único instante en que su actitud titubeó y una ínfima brecha se abrió, quebrando su tenacidad. Súbitamente comenzó a ver que las vías se cruzaban, que ya no se extendían paralelas e intocables entre sí, sino que a escasos metros hacia delante del tren, una vía pasaba sobre la otra, formando una cruz.
Fue en ese momento en que logró sentir que toda su vida perdía sentido. Que todo su pasado se desmoronaba y que la silueta de su padre, hasta ahora fija en su mirada interior, se desvanecía como el humo que se aleja del foco del incendio.
Todo esto derivó en un acto-reflejo que lo indujo a aplicar el freno de emergencia, provocando la abrupta detención del tren, a escasos diez metros de la barrera de contención.
Cuando el personal de emergencias de la estación abrió la puerta de la locomotora, el motorista se hallaba inconsciente, volcado sobre el respaldo de su butaca, en un estado de colapso nervioso.
Las personas descendieron del tren abruptamente, como se derrama un río ante un salto de envergadura. Los esperaban los medios de comunicación apiñados en el andén, ansiosos de llevar la primicia a sus redacciones. De hecho, la cobertura fue fantástica y minusiosa, exponiendo cada detalle de la desgracia de boca de los enardecidos pasajeros.
El motorista fue llevado de inmediato a un hospital. De él nada más se supo públicamente, ya que los medios olvidaron el suceso al día siguiente, tapados por la urgencia de nuevas desgracias.
El único que se interesó por su salud fue su compañero de formación quien, desde ese día, se convirtió en su mejor amigo y confidente.

"Desde la bici II"


"Desde la bici III"


"El tren"

En mis épocas de pequeño fueron escasos los momentos compartidos con niños de mi misma edad.

Apenas recuerdo con cierta emoción algunas tardes de fútbol callejero hasta agotar el último destello de luz natural y bajo el reiterado llamado de mi madre para que regrese a casa de una buena vez. Recuerdo que disfrutaba de esos momentos con particular intensidad: se constituían en horas de agitado movimiento tras la pelota, prescindiendo del entorno vecinal, solamente interrumpido por la necesidad de paso de aquella anciana por la vereda o para esperar el tránsito de los automóviles cuando un zapatazo poco feliz lanzaba la pelota raudamente hasta estrellarse en el lado opuesto de la calle.

¡Con qué facilidad y escasez de ornamentos puede un niño armar todo un mundo de fantásticas vivencias!

A veces, cuando se encontraba libre, acudíamos a un campito aledaño a las vías del ferrocarril para jugar. Se encontraba -y milagrosamente subsiste sin haber sido urbanizado- en la calle Yerbal y Argerich, del barrio de Flores. Allí sí, el festín era total, porque el contacto con la tierra o con un esporádico resto de césped nos daba la sensación de ser jugadores profesionales e imprimía al juego un compromiso y seriedad superiores. Allí sólo nos faltaba contar con los correspondientes arcos, para establecer con exactitud si un disparo había terminado en gol. ¿Hasta qué altura se lo consideraría como tanto convertido? Eran ardientes las discusiones cuando el arquero se declaraba haber sido incompetente para alcanzar la pelota por la altura que había desarrollado. ¿Era realmente inalcanzable el disparo o no se había esforzado lo suficiente? ¿Quién estaría habilitado para determinarlo con objetividad? Lamentablemente, y a pesar del sentimiento de profesionalismo, no disponíamos de cámaras de televisión que nos brindaran la posibilidad del “replay”. Muchas veces estas situaciones se dirimían por el grito tajante de uno de los más “forzudos” que terminaban por inclinar la decisión a riesgo de ser amenazado con alguna trompiza, si alguno se oponía.

Entonces, los sentimientos de victoria y frustración invadían a cada uno de los dos equipos, según a cuál de ellos pertenecía aquel personaje que decretaba el veredicto por imposición de volumen óseo y muscular.

Ya desde niños aprendíamos que la naturaleza moldea prepotentemente a los hábitos culturales, generando límites palpablemente precisos.

Todavía conservo muy frescos los recuerdos de mis andanzas por los terrenos contiguos a las vías del tren, espacios muy frecuentados por mí ya que estaban ubicados a escasos cincuenta metros de mi casa.

Allí observábamos extasiados el paso de los trenes, el peso y la fuerza inconcebibles que ostentaban, y flotaban nuestros sueños al subirnos imaginariamente y viajar por lugares que sólo la creatividad de un niño puede construir.

En las vías del tren construía yo mis propias figuritas de lata, apoyando las tapas de gaseosas sobre las vías y dejando que las ruedas del tren hicieran la tarea. Sobre las vías del tren caminábamos contando los durmientes de una madera -el quebracho- tan dura que nunca se pudría ni se deshacía. Tomábamos tantas piedras como nuestras pequeñas manos podían albergar y las arrojábamos apuntando a una lata puesta sobre la vía a varios metros. ¡Qué placer intenso generaba ser el privilegiado que la derribaba! Y allí hacíamos explotar los cohetes sin necesidad de encenderlos. Tan sólo apoyándolos sobre las vías y dejando que las ruedas del tren vuelvan a hacer su trabajo.

El tren. Aquél extraño gusano que se movía de acá para allá, arrollando todo a su paso, cargando con enigmas jamás dilucidados, excepto en nuestra pequeña cabeza de niños, haciendo de ese mundo un segundo hogar.

Hoy, cuando viajo en tren o escucho a lo lejos su típico ta-tan ta-tan, vuelven a llenarse mis pulmones de aquellos aires de mi infancia. Y vuelvo a creer que la vida es un misterioso viaje sin principio y sin final.

"Desde la bici IV"